Así sentada en el banco, se dio cuenta que se acumulaban sus
ideas entre otras centenarias, de cuerpos que reposaron, mientras sus almas se
dejaban teñidas en las tablas. No era una actriz, nunca creyó en el talento de
interpretar a otros, cuando no había sabido reproducirse a sí misma de forma fidedigna.
Sonreía ante los recuerdos como una espectadora, podía ver
que en momentos usaban mascaras que no les pertenecían. Ella como tantas otras
de tan diferentes matices, se vio ante él como una exorcista del destino, creyó
firmemente en convivir con los demonios que lo habitaban y se fue entregando a
ese papel de enamorada, olvidando que, para quien ignora su problema no existe
salvación.
Ella se despojaba de todo para llenarlo, él se hastiaba de
artificios para dilatar el vacío. Ella se lavaba el rostro hasta con lágrimas
si era preciso, él maquillaba su lujuria, interpretando al Don Juan tan arcaico
por miedo a la nitidez.
Ella se creía la mitad de un destino que errabundo suspiro
al encontrarla, por la posibilidad ilusoria de hallarse completo. Él, buscaba
crear una mujer con retazos de cuerpos diferentes, era un simple despojo que no
entendía de todos.
Así sentada en el banco vio, que mientras ella le abrió el
alma, él sólo miraba su sexo, se sintió ajena a esa obra y mientras se
levantaba, se dio cuenta que era hora de bajar el telón.

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