sábado, 23 de febrero de 2013

De esas cosas que cuentan los parques



Así sentada en el banco, se dio cuenta que se acumulaban sus ideas entre otras centenarias, de cuerpos que reposaron, mientras sus almas se dejaban teñidas en las tablas. No era una actriz, nunca creyó en el talento de interpretar a otros, cuando no había sabido reproducirse a sí misma de forma fidedigna. 
Sonreía ante los recuerdos como una espectadora, podía ver que en momentos usaban mascaras que no les pertenecían. Ella como tantas otras de tan diferentes matices, se vio ante él como una exorcista del destino, creyó firmemente en convivir con los demonios que lo habitaban y se fue entregando a ese papel de enamorada, olvidando que, para quien ignora su problema no existe salvación.
Ella se despojaba de todo para llenarlo, él se hastiaba de artificios para dilatar el vacío. Ella se lavaba el rostro hasta con lágrimas si era preciso, él maquillaba su lujuria, interpretando al Don Juan tan arcaico por miedo a la nitidez.
Ella se creía la mitad de un destino que errabundo suspiro al encontrarla, por la posibilidad ilusoria de hallarse completo. Él, buscaba crear una mujer con retazos de cuerpos diferentes, era un simple despojo que no entendía de todos.
Así sentada en el banco vio, que mientras ella le abrió el alma, él sólo miraba su sexo, se sintió ajena a esa obra y mientras se levantaba, se dio cuenta que era hora de bajar el telón.

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